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Desde que me acuerdo, las cajas de naranjas eran parte de mi vida. Mi papá trabajaba cortando naranjas y mi mamá tenía un empleo en la empacadora. En casa, esas mismas cajas nos servían de cómoda, sillas y hasta lavamanos, sosteniendo una vieja palangana. Una caja con cortina se usaba para guardar las ollas. Vivíamos en una habitación pequeña que nos servía de sala, dormitorio y cocina.
Mis papás llegaron de México siguiendo su propio sueño de "El Dorado". Pero lo único dorado que encontramos eran las naranjas colgadas entre las ramas de los árboles verdes y perfumados. Ganábamos apenas lo suficiente para llegar a fin de mes; cuando yo nací el dinero era más escaso aún, pero logramos seguir comiendo y yo pude ir a la escuela. No tenía zapatos y llevaba una camisa y unos pantalones demasiado grandes heredados de mi primo Tino. Además, el sol había acentuado el color de mi piel y los otros muchachos se reían de mí. Quería dejar de asistir, pero mi mamá me decía: "Estudia, hijo, para que consigas un buen empleo, y no tengas que trabajar duro como tus papás". Por eso, iba todos los días a luchar con el sueño y el aburrimiento mientras la maestra seguía su monótona clase.
En verano acompañaba a mi papá a trabajar en los naranjales. Eso me parecía más interesante que ir a la escuela. Ganaba quince centavos por cada caja que llenaba. Todos usábamos sombreros de paja para protegernos del sol, y llevábamos un pañuelo para limpiar el sudor.
Mi mamá era una mujer delicada. Llegaba a casa de su trabajo, cansada y pálida, a preparar las tortillas y calentar los frijoles; y todas las noches, siguiendo el mismo ritual, rezaba el rosario ante un cuadro de la Virgen de Guadalupe.
Yo tenía nueve años cuando nació mi hermana María. Ella sólo vivió unos meses. Mis papás me dijeron que estaba muy mala y el doctor no pudo hacer nada. Yo no sé, pero sí que recuerdo que estuvo enferma solamente un día, y al día siguiente se murió.
Pocas semanas después de morir mi hermanita, el dueño de la compañía despidió a varios empleados, entre ellos mi papá. Desde entonces, las cosas en casa no fueron igual. Mi mamá lloraba todo el día, y mi papá dejó de cantar. Caminaba cabizbajo y no me subía a los hombros.
Tras mucho reflexionar, mi papá decidió ir a La Florida en busca de un futuro mejor. Como no teníamos dinero para comprarle un pasaje en el tren, mi papá se metió a escondidas en el tren de la madrugada. Una vez allí conseguiría un empleo y nos mandaría el pasaje para reunirnos con él.
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La mañana que se fue hubo mucha niebla. No quiso que fuéramos a despedirle al tren para no llamar la atención. Después de besarnos a mi mamá y a mí, se fue caminando rápidamente y desapareció en la distancia.
Mi mamá y yo nos quedamos sentados juntos en la oscuridad, temblando de frío de los nervios. Cuando por fin oímos que el tren salía, mi mamá exclamó: "Bueno, ya se fue. Que vaya con Dios".
Ya no pudimos volver a dormir. Alrededor de las once de la mañana nos despertó la policía. Presentí que algo malo le había sucedido a mi papá. Mi mamá empezó a llorar sin cesar. "No puede ser, no puede ser" gritaba. Me abracé a mi madre fuertemente. Ninguno de los dos podíamos aceptar su muerte.
Horas más tarde trajeron el cuerpo quebrado de mi papá. Tenía la cara morada y coágulos de sangre en el pelo. Ese hombre tan fuerte y alegre no podía estar muerto. Era imposible. Según parece, fue arrollado por el tren cuando intentaba cruzar de un vagón a otro. O tal vez por la humedad se resbaló. La cosa es que se cayó poco después de haberse subido. Alguien lo encontró al lado de la vía, ya muerto.
Los que habían trabajado con él en los naranjales hicieron una colecta, y con los pocos centavos que podían dar reunieron lo suficiente para pagarnos el boleto en el tren. Después del entierro, mi mamá empacó lo poco que teníamos y fuimos a La Florida. Fue un gran cambio en nuestras vidas, sobre todo porque íbamos solos, sin mi papá. Mientras el tren ganaba velocidad, soplé un adiós final a los naranjos.
Mi mamá consiguió trabajo cosiendo en una fábrica textil. Yo empecé a vender periódicos después de la escuela. Hubiera dejado de ir del todo a la escuela para poder trabajar más horas, pero mi mamá insistió en que terminara la secundaria.
Todo eso sucedió hace muchos años. Los naranjales de mi niñez han desaparecido. En su lugar hay casas, calles, tiendas y el constante vaivén de la ciudad. Mi mamá se jubiló con una pensión pequeña, y yo trabajo como periodista. Ya tengo mi propia familia y gano suficiente para mantenerla. Tenemos muebles en vez de cajas, y mi mamá tiene una mecedora donde sentarse a descansar. Ya no existen aquellas cajas de madera….
Pero cuando veo las pirámides de naranjas en el mercado, hay veces que veo esas cajas de antaño y detrás de ellas está mi papá, sonriendo, estirándome los brazos para subirme a sus hombros.
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